LOS COLUMPIOS DEL AGUA (Miguel Hernández) / Historia

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LOS COLUMPIOS DEL AGUA (Miguel Hernández)

Los domingos mi padre y yo dábamos un paseo por el rastro, comprábamos alguna ropa de segunda mano que ya no se podía adquirir en las tiendas normales, intercambiábamos cromos, comíamos un bocadillo de calamares, pasábamos tiempo juntos, creando esos recuerdos que tendríamos para siempre.

Pero había una excepción, si la semana había traído noticias, que de escucharlas bien hubiéramos salido a la calle a escribir en las paredes poemas en rojo y negro, ese domingo íbamos al Mercado Negro.

Días atrás vimos como la gasolina y la luz había subido de manera brutal, escuchamos como decían que en 10 años no habría dinero para pagar las pensiones, con lo cual no dudamos.

Allí nosotros no compramos nada, está todo muy caro, pero eso no importa, muchos partidos se ponen de acuerdo y le compran a ese señor que pasa y dice:

¡Cortinas de humo! ¡Cortinas de humo a buen precio!

Total a ninguno le interesa que esas historias estén en la cabeza de los ciudadanos, no vayan a pensar que algunos hicieron y otros dejaron hacer.

Es más adecuado que se discuta del sexo de los ángeles o de algún descuido de esos ministros y sus emporios de dos casas.

Hernán Kozak

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LOS COLUMPIOS DEL AGUA
Verso de Miguel Hernández

Belinda se fue dejando llevar por una escritura invisible, ya que su bolígrafo se había quedado sin tinta, aunque ella no se estaba dando cuenta por hacer más caso a lo que se presentaba en su mente que a la realidad material.
Nadie podría leer aquel cuento de verano y se perdería en el universo de cosas sin decir.
Pero Víctor, su amigo interior, el que la sacaba de apuros en los momentos difíciles de la vida , esos que nos inventamos a veces de pequeños para tener compañía y no desaparecen jamás de nuestra vida, él por tener una visión especial sobre las cosas, descubrió este poema invisible en la huella del bolígrafo sobre el papel:

Eres insistente en tu llamada todos los años en verano,
amada charca de La Nieta, tus frías aguas cristalinas
atraviesan mis células hasta llegar al llano de tu mirada,
tus aguas diamantinas acarician mi piel de duro invierno,
sin amortiguación ninguna, como columpio, hasta quedar sin aspas.
Me confundo contigo y miro cómo tus dunas oblicuas
llegan a la incipiente caída de la presa que te sujeta.

Aquí,dentro de ti y en tus costados mis penas se dividen.
Pequeños fragmentos hundiéndose en el fondo,
allá donde los buenos recuerdos infantiles se elevan
cada vez que te nombro en cualquier lugar,
cuando bato tus aguas con mis pequeños dedos
custodiados en el fondo con tus piedras.
A mis 60 años aún me sigues y yo te sigo,
me visitas de vez en cuando
y me mantienes a flote después de las derrotas,
de aquel espacio entre nubes que nos mantuvo separadas algún tiempo
en esa superficie espesa más densa que el mar y más inmensa.
Eres de una magia inigualable en mi cuerpo hasta bien dentro, hasta mi corazón.

A veces Belinda se llevaba algún libro que leía en sus orillas, y escuchaba también conversaciones de los bañistas que se reunían o participaba en ellas. Esa mañana le hizo reír la frase de un joven al quererse sumergir en sus frías aguas: «Al frío hay que tratarle con indiferencia» A lo que Belinda añadió: Y al final termina amándote.

Mariví Ávila

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LOS COLUMPIOS DEL AGUA

Paseaba descalza tras el atardecer.
El sol comenzaba su descenso y ahí apareciste tú, sentada en los columpios del agua distraída y anhelante. La posición del cuerpo sorprendía al mirarte de lejos, luego comprendí que dormías plácidamente.

Un buen rato estuve observando tus gestos e imaginé que soñabas, después despertaste y te pedí que me contaras tu sueño, muy jocosa me dijiste que no entendería nada que preferías contárselo a tu psicoanalista y yo moría de celos.

Yolanda Hernández Alcalde

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LOS COLUMPIOS DEL AGUA (Verso de Miguel Hernández)

El agua había bajado por los columpios, como si conociese la dirección apropiada porque lo sabemos, el agua se desliza por donde le indica la bajada. El agua no teme caer, quiere llegar a lo más bajo de lo más bajo, y cuando se estanca porque no encuentra fisura en la fisura donde poder fluir bajando, empieza a alimentarse, acumulándose en depósitos subterráneos. Allí se hace fuerte. Acumulándose, se vuelve barro con partículas de arcilla y polvo y así todavía líquida, empuja y abre la tierra, creando rajaduras, multiplicando pequeños canales para hacer corrientes, corrientes subterráneas que visitarán huecos y rocas hasta que después de muchos metros, kilómetros, grandes travesías, llegará a surgir, esta vez a subir, tomará impulso para llegar a la superficie. El agua de los columpios que había bajado como de un trampolín, deseaba con fervor la superficie y vuelo. Sin más vueltas, se dejo secar, se extendió al sol y se evaporo. Evidentemente, no hay más remedio para el ser que estar.

Clémence Loonis

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HISTORIA LOS COLUMPIOS DEL AGUA

(Verso de Miguel Hernández)

La calle caía como un río. Hasta en el asfalto pareciera que saltaban peces para ver la ciudad. La ciudad se agachaba, medio dormida, meciendo la tarde para que durmiera bajo sus portales. Casi le sorprendió la noche cuando vio a los amantes respirando de las historias de don Venancio, que permanecía junto a la estatua del parque donde la batalla se coronó con miles de muertos. No se podía decir que estuviera loco de atar, sino simplemente que su vida estaba secuestrada en otro tiempo. Al principio los amantes reían, pero después una especie de añoranza del tiempo, algo así como de verse viviendo en pasajes de antes, les hizo ver el agua del asfalto.

Y todo fue agua: los edificios, la vieja panadería del barrio, la parada del autobús, las farolas recién se encendían. Los columpios… La chica quiso balancearse para llegar lejos, tal vez a la oscuridad de la noche que apreseba con su manto las historias de don Venancio. Pero cayó en un sueño donde del chico que la acompañaba era el hombre de las historias y ella la mujer que un día atravesó la batalla de Don Venancio y la llenó de fiesta y amor.

Laura López

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Historia: Los columpios

Le enseñaron que había que inclinarse para adelante cuando el columpio estaba atrás y hacia atrás cuando estaba delante. Después se hizo físico, estudió el centro de masas, los sistemas de partículas… Hasta su primer desengaño amoroso, Lorenzo creía que podía comprenderlo todo. Cuando Eugenia le abandonó sintió que su centro de gravedad estaba lejos de él. Se sintió sujeto a leyes desconocidas e inexplicables… Pero no incomprensibles. Para Lorenzo era fácil operar con los amores como si fuesen vectores de fuerzas, energías con dirección y sentido. Se había hecho calculador después de aquel desengaño. Calculaba a las mujeres como simples fuentes de energía. Dibujaba sus operaciones vectoriales en una pizarra gastada. Finalmente, tras varios errores evidentes, Lorenzo estalló como un agujero negro. Había perdido el tiempo, ya no dormía. Después de reconocer que la principal magnitud, la magnitud básica de la física: el tiempo, era totalmente desconocido para la ciencia física y matemática. Se dio cuenta de que su tiempo era todo de otros. Cuando amaba, cuando hacía sus cálculos, Lorenzo podía soportar cualquier rayo de sol. Adoraba la sabiduría cuando ésta pareciera provenir de una única fuente. Así, confundía a las mujeres con soles, dioses antiguos. A veces un único sol opacaba toda su imaginación: la física o su enamorada, acaparaban habitualmente todo su pensamiento disponible. Pensaba en regalarle su tiempo para poder tener algún tiempo.

Kepa Ríos Alday

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TALLERES DE ESCRITURA
Carmen Salamanca Gallego
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