AQUELLA TORMENTA / Historia

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AQUELLA TORMENTA

 

Aquella tormenta trajo una alegre confusión a la vida de Paula. Se despertó como aturdida por la lluvia. La tarde anterior había estado leyendo y escribiendo, pero no se sentía con el deber cumplido. Algunos relatos parecían terminados precipitadamente. Comenzó a leer uno de ellos mientras iba hacia la cocina. Le pareció que tenía un estilo muy clásico para ser ella. Sin duda estaba evolucionando, haciéndose más ordenada y concisa en las exposiciones temáticas. Era un relato que trataba de alguien que escribía en un taller de poesía, igual que ella en la realidad. Al parecer era una especie de anécdota breve de la vida de un personaje masculino. Un chico que había estado escribiendo la tarde anterior, antes de ir al taller de poesía.
El tipo escribía en varios papeles hasta que tuvo terminados un poema y un relato breve. Los guardó
todos en una carpeta impermeable y tiró a la basura los papeles con los intentos fallidos. Entonces fue cuando Paula se dio cuenta que se había llevado mi carpeta.
Un personaje suyo jamás habría tirado poemas originales a la basura por malos intentos que fuesen. No, no era un relato escrito por ella: estaba leyendo mi relato. Se dio cuenta de cómo, aprovechando que las dos usamos idénticas carpetas impermeables cuando hay lluvia, yo había cambiado mi carpeta con la suya. A las dos, a pesar de ser mujeres, nos gustaba escribir anécdotas de personajes masculinos, por eso al principio confundió mi relato con uno de los suyos.
Por mi parte disfruté como una enana leyendo los relatos de Paula, aunque es verdad que a veces, en las exposiciones temáticas, es un poco desordenada; y también me parece que es excesiva en las explicaciones que da al lector. Yo habría terminado el relato más precipitadamente, y creo que ni si quiera hacía falta haber contado lo de las carpetas.

 

Kepa Ríos Alday

 

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AQUELLA TORMENTA
Nada predecía lo que iba a pasar. Amaneció con sol y un hermoso cielo azul. Elvira me había llamado la noche anterior pidiéndome que ¡por favor! la acompañara el fin de semana de acampada. Le dije que lo sentía mucho pero que no podía ir, puesto que ya había hecho planes. No pareció inmutarse frente a mi respuesta puesto que siguió hablando como si le hubiese dicho que sí.
-¿Pero qué dices, tía, no me has oído?
-Sí, por supuesto, pero supongo que no querrás que te pregunte por tus maravillosos planes para el fin de semana.
-Está bien, Elvira, tú ganas.
Y así es como me encuentro a las 6 de la mañana en un coche con cuatro personas que no conozco y un perro.
-Escuché que iba a haber tormenta -dije.
-No te esfuerces, Silvia, ya nos avisó Elvira qué estabas un poco reticente con la acampada.
Cerré la boca y no la abrí más hasta que llegamos.

Cruz González Cardeñosa

 

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AQUELLA TORMENTA
Paseábamos por la calle Ávila y hablábamos de años pasados, de vecinas, de sus retoños, de historias hiladas entre pisos de la misma escalera, de repente mamá se paró delante de un escaparate y como si hubiera dado un salto en el tiempo dijo: ¡Mira! Son los mismos zapatos que perdí en aquella tormenta, cuando tu padre me tomó de la mano y corrimos, corrimos, corrimos… hasta que el aguacero nos cortó las piernas.

 

Ana Velasco

 

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AQUELLA TORMENTA

 

Viajábamos en un seat Ibiza una mañana de verano, cuando de repente el cielo se convirtió en un túnel oscuro que no nos dejaba ver el camino.
A unos metros pudimos divisar una casa en la mitad del campo y decidimos refugiarnos hasta que pasara la tormenta.
Llamamos a la puerta y nos abrió una mujer muy guapa y con buena presencia,
nos atendió muy amablemente y nos dijo que no abría problema en alojarnos hasta que pasase la tormenta.
Petra que era la mujer que nos atendió parecía un poco preocupada, nos llamo la atención su manera de mirar hacia una puerta cerrada y nuestra curiosidad nos hizo preguntar que había detrás de esa puerta, Petra se puso muy nerviosa y nos dijo que esa puerta era privada para la gente qué allí se alojaba.
Llego la hora de acostarnos y descansar para el viaje.
Ya entrada la madrugada escuchamos unos ruidos muy fuertes y la voz de Petra totalmente aterrada, como curiosas y asustadas decidimos bajar a ver qué ocurría, la sombra de un animal enorme nos hizo recular pero nos pudo la incertidumbre y vimos a un hombre enorme y deforme, Petra lo acunaba entre sus brazos y él lloriqueaba como un bebé.
Esa escena nos quitó el sueño y las ganas
de comer durante mucho tiempo.

 

Yolanda Hernández

 

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AQUELLA TORMENTA

 

Hay tiempos donde las latitudes se convierten en peonzas, donde los números no significan nada. Se mezclan con los recuerdos y baten un espacio hasta convertilo en un cuento de Andersen, donde princesas y guisantes ruedan por el precipicio haciendo una masa llamada tormenta.
Las gotas eran como guisantes, efectivamente, y empapaban hasta mis ojos, queriendo meterse hasta en lo que veía. Estaba en la parada del autobús y un chico no paraba de mirarme ¿o lo miraba yo a él?
Las gotas no me dejaban, ni en el parpadeo, aclarar el asunto. Cada vez veía más y más borroso. ¡Hasta llegué a sentir que era todo de un verde esmeralda! ¿o verde guisante?
Un relámpago ilumino la escena y, a su vez, casi le dibuja una idea aquel chico tan verde, tan verde, que me desmayé. Me levanté en una cama de hospital y ¡horror! Volví a empaparme de aquel terrible color. Un enfermero me tomaba la tensión y su atuendo me cegaba.
Me hundí en la cama dispuesta a mudarme a un lugar donde no lloviera tanto.

 

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AQUELLA TORMENTA

 

De repente me vi subida a una caja.
El agua corría por las calles del camping y ya entraba dentro de las tiendas de campaña
La tormenta de esa noche fue tremenda, cayeron árboles por la carretera que fueron cortadas al tráfico y los truenos y relámpagos encendieron nuestras ideas.
Así que recogimos deprisa todos los enseres casi sin pensar y nos fuimos alejando hacia otro lugar más seco y cálido, nos vimos en la carretera en dirección al sur, Huelva sería nuestro destino donde la tormenta se convertiría en nubes de mosquitos en un clima demasiado caluroso. Allí nos esperaban algunos familiares para pasar unos días.
Un grupo familiar que estaba acampado se había llevado casi toda la casa allí, desde el frigorífico grande, la televisión de las de tubo atrás y una valla de alambre para que las gallinas que también estaban allí no se escaparan por la noche y que corrían libremente por delante del porche. Qué risa, ese camping tenía su encanto, había en la zona de lavar la ropa las típicas tablas antiguas de piedra que traían al recuerdo mi niñez en el pueblo.
También sería la primera vez que una merluza era cocinada sin lavar con agua porque decían por allí que se le iban todos los nutrientes al pescado.
Luego a la hora de la siesta, nos juntábamos con los vecinos a echar unas partidas de cartas y conversar sobre la velocidad que había que llevar en las carreteras, para el cabeza de familia era siempre a 100, tanto con curvas como sin curvas.
Yo le discutía esa forma de conducir, sin embargo él mantenía que tanto si llovía como si nevara siempre a 100. La tormenta me enseñó un mundo que no conocía.

Mariví Ávila

 

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AQUELLA TORMENTA

Llovió durante cincuenta días y cincuenta noches, cayó una granizada que nos permitió construir una torre de hielo de veinte metros, pudimos llenar cuatro piscinas olímpicas con el agua que los desagües no soportaban.
Lo extraño y por lo que vinieron científicos de todo el mundo, por lo que tuvimos un canal de televisión veinticuatro horas, por lo que se hicieron gorras, camisetas, tazas, por lo que se hablaba ya de hacer una película y varios documentales, es que de toda la ciudad, únicamente llovía en nuestra calle.

Hernán Kozak

 

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AQUELLA TORMENTA

 

Quise alojarme en tus ojos para vivir la tormenta que en aquellos momentos de nostalgia tus brazos acogían con esmero. Fue tal vez, el brillo del candil el que apagó el día que habíamos imaginado nuestro, no sé si llegó a existir. Tus posteriores compromisos exigían imágenes distintas a las que se alojaban en los charcos deformados por las botas de agua que con tanto amor habíamos envuelto. Y quise mirar atrás para asegurarme de que estaba en lo cierto, te lo mostré sin contemplaciones. Tú animabas mi lujuria, mi cuello excitado y enfurecido se acercó hasta la entrada del infierno, donde había majestuosas barcas con remos de fuego, para llevarnos en un viaje a donde nunca más regresaremos.

Paqui Robles

 

 

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